El Starship, el cohete más grande y potente jamás diseñado, ha logrado un nuevo hito al alcanzar una velocidad casi orbital en su tercer vuelo de prueba desde Texas. Aunque la misión concluyó sin que ni el vehículo ni su propulsor Super Heavy alcanzaran su destino final, este evento marca un momento histórico para la compañía SpaceX del multimillonario Elon Musk.


Despegue del Starship durante su tercer vuelo.
Crédito: SpaceX
Cuando los 33 motores Raptor del Starship se encendieron, una nube de polvo y humo envolvió el cohete, señalando el comienzo de su ascenso. Este tercer intento marca un progreso notable en comparación con los anteriores fracasos explosivos.
Un futuro prometedor
El Starship de SpaceX ha demostrado, durante este tercer vuelo de prueba, que tiene todas las capacidades necesarias para llevar a cabo misiones comerciales similares a las de los lanzadores tradicionales. Su éxito al alcanzar una velocidad casi orbital y ejecutar maniobras complejas lo prueba.
La principal distinción, sin embargo, radica en las ambiciones de reutilización del Starship, con el retorno a la Tierra de sus componentes. Las mejoras necesarias se refieren principalmente al sistema de recuperación, es decir, al control del propulsor Super Heavy y de la nave en sí durante su descenso.
Estos desafíos, aunque significativos, se limitan a la fase final de la misión y no cuestionan la capacidad del Starship para funcionar eficazmente como un lanzador superpesado.
El Starship no es solo un proyecto de SpaceX: carga con las esperanzas de la NASA para la misión Artemis 3, que tiene como objetivo volver a llevar humanos a la Luna. Con menos de dos años para cumplir con los requisitos de la NASA, la presión es alta. Con su capacidad de carga útil sin precedentes, también está destinado a desempeñar un papel central en el despliegue de la próxima generación de satélites de internet Starlink y otras misiones comerciales.

