¿Por qué algunas personas consideran el deporte agraciable mientras que otras lo encuentran agotador? La respuesta no se limita a la condición física, nuestro cerebro interviene de manera determinante en la forma en que juzgamos la dificultad de un esfuerzo. Esta impresión, personal para cada uno, impacta directamente en nuestra motivación y rendimiento. Un equipo de investigadores internacionales ha explorado una pista original para modularla: el uso de vibraciones en los tendones.
Su estudio reciente equipó a voluntarios con un dispositivo portátil que aplicaba vibraciones a los tendones de Aquiles y de la rodilla antes de una sesión de bicicleta estática. El objetivo era examinar si esta estimulación podía modificar la sensación de esfuerzo durante el ejercicio.
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Las observaciones indican que los participantes desarrollaron una potencia más elevada y presentaron un ritmo cardíaco incrementado tras las vibraciones, a la vez que declaraban una sensación de esfuerzo comparable a la experimentada sin estimulación. En consecuencia, trabajaron de forma más intensa a nivel físico sin tener una conciencia clara de ello. Esta observación abre perspectivas para ayudar a superar la barrera mental de la fatiga.
Los mecanismos subyacentes aún no se comprenden totalmente, pero los científicos plantean varias hipótesis. Las vibraciones podrían excitar o inhibir neuronas en la médula espinal y transformar la reactividad de los husos neuromusculares. Estas alteraciones modifican las señales transmitidas al cerebro, lo que influye en la percepción del movimiento y del esfuerzo. El cerebro recibe entonces una información distinta, haciendo el ejercicio subjetivamente más accesible.
Para comprender mejor estos resultados, es útil considerar dos aspectos principales. Primero, durante un ejercicio, el cerebro evalúa constantemente la dificultad integrando señales sensoriales y experiencias pasadas. Esta impresión, subjetiva, explica por qué dos personas viven de manera diferente la misma tarea. Zonas cerebrales específicas, como la corteza insular, sintetizan datos sobre la fatiga muscular o la frecuencia cardíaca, determinando así si persistimos o nos detenemos.
Estos trabajos, aún preliminares, solo se han probado en períodos cortos de ejercicio. El equipo planea emplear técnicas como la electroencefalografía para observar los efectos en la actividad cerebral. Paralelamente, examina el efecto contrario, donde el dolor y la fatiga amplifican la percepción del esfuerzo. A más largo plazo, la ambición es crear enfoques para fomentar una actividad física regular, especialmente en personas sedentarias.
Descifrar cómo el cerebro estima la relación entre esfuerzo y recompensa podría permitir así la adopción de un modo de vida más activo. Esta investigación, publicada en el Journal of Sport and Health Science, se enmarca en un proyecto internacional dedicado a explorar estos procesos. Los próximos pasos permitirán precisar las aplicaciones potenciales de estos trabajos.