Nuestro cuerpo inicia su declive físico antes de lo que generalmente se cree, pero aún es posible actuar favorablemente sobre esta trayectoria. Una investigación sueca llevada a cabo durante casi medio siglo aporta elementos precisos sobre este fenómeno.
Los investigadores del Karolinska Institutet realizaron un seguimiento de varios cientos de personas, desde la adolescencia hasta la edad adulta, durante un período de 47 años. Su ambición era cartografiar la evolución de la condición física, la fuerza muscular y la resistencia a lo largo de la vida. Los datos obtenidos, publicados en el
Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle, presentan un seguimiento longitudinal excepcional.
Esta investigación se basa en mediciones repetidas de los mismos individuos, un enfoque que constituye un progreso respecto a los estudios que simplemente comparan diferentes grupos de edad en un momento dado. Permite observar la evolución personal de cada participante a lo largo de las décadas, dibujando un retrato más fiel de la realidad del envejecimiento físico.
Los datos indican un hito significativo alrededor de los 35 años. A partir de esta edad, el rendimiento generalmente comienza a flaquear, una tendencia que se acentúa con el tiempo. Esta disminución aparece como un proceso natural que afecta a todos los individuos, independientemente de su nivel de actividad anterior. Este punto de inflexión corresponde a un período en el que el desarrollo corporal se ha completado y los mecanismos relacionados con el envejecimiento comienzan discretamente. Esta disminución gradual está asociada a cambios fisiológicos, como una ligera disminución de la masa muscular y una eficiencia cardiovascular que comienza a atenuarse.
Sin embargo, la investigación ofrece una noticia muy positiva. Los adultos que optan por un aumento de su actividad, incluso después de los 35 años, pueden ver sus capacidades mejorar entre un 5 y un 10 por ciento. Maria Westerståhl, al frente de estos trabajos, indica que el ejercicio ayuda a frenar la pérdida de rendimiento, sin detenerla completamente. Su equipo busca ahora identificar los factores, como los parámetros hormonales o genéticos, que explicarían este pico observado a los 35 años y precisar la acción del movimiento en el organismo.
Los participantes, que serán reexaminados próximamente, permitirán afinar la comprensión de los vínculos entre condición física, estilo de vida y salud. La continuación del estudio podría así identificar los mecanismos biológicos en juego y orientar los consejos para un envejecimiento saludable.
¿Cómo influye la actividad física en nuestro organismo al envejecer?
La práctica regular de actividad física actúa sobre el cuerpo a múltiples niveles, particularmente con el avance de la edad. Estimula el sistema cardiovascular, mejora la circulación sanguínea y ayuda al corazón a trabajar con mayor eficacia. Estos efectos son ventajosos para la resistencia y atenúan la sensación de fatiga durante los esfuerzos cotidianos.
En cuanto a los músculos, el ejercicio favorece el mantenimiento de la masa y la fuerza. Fomenta la regeneración de las fibras y optimiza la coordinación entre los músculos y los nervios. Esto permite realizar los movimientos con mayor facilidad y preservar la autonomía, especialmente para acciones como cargar pesos o subir escaleras.
Los beneficios no se limitan a la musculatura. Una actividad regular también sostiene la solidez de los huesos, la flexibilidad de las articulaciones y participa en el buen funcionamiento de las capacidades cognitivas. También puede contribuir a un mejor equilibrio y a una disminución del riesgo de caídas, un aspecto importante para las personas mayores.
Estas ventajas explican por qué, incluso iniciada tardíamente, una práctica deportiva proporciona ganancias medibles. No borra el declive, pero modifica favorablemente su curva, ofreciendo así una mejor calidad de vida a largo plazo.