Los neurocientÃficos estiman ahora que nuestro organismo pone en marcha entre veintidós y treinta y tres sistemas sensoriales diferentes. Estos mecanismos van mucho más allá de la vista, el oÃdo, el tacto, el gusto y el olfato. Incluyen, por ejemplo, la propiocepción, que nos permite localizar nuestras extremidades sin observarlas, o la interocepción, que nos informa sobre cambios internos como el hambre o la aceleración del pulso.
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Estos sentidos nunca actúan de forma aislada. Al contrario, intercambian información permanentemente para construir una experiencia unificada. AsÃ, nuestro estado anÃmico puede alterar lo que vemos, y nuestra visión a veces modifica lo que oÃmos. El olfato, en particular, tiene un papel importante en la apreciación de los sabores, un papel a menudo subestimado.
Tomemos precisamente el ejemplo del gusto. Lo que normalmente llamamos el sabor de un alimento proviene en realidad de una fusión entre las percepciones de la lengua (salado, dulce, ácido, amargo, umami) y los aromas captados por la nariz durante la masticación. El tacto, que aporta datos sobre la textura, completa esta experiencia. Es por eso que la consistencia de un yogur o el fundente de un chocolate son tan importantes.
Trabajos concretos ponen de relieve estas interacciones. Por ejemplo, el ruido de los motores en avión reduce nuestra percepción de lo salado, lo dulce y lo ácido, pero no la del sabor umami. Esta es la razón por la que el jugo de tomate, rico en umami, a menudo se considera más sabroso a bordo. Estas observaciones provienen de estudios realizados en laboratorios especializados, como el Centre for the Study of the Senses en Londres.
Este conocimiento actualizado de la percepción abre horizontes en numerosos sectores, desde la gastronomÃa hasta el diseño cultural. Al tomar la medida de la diversidad y los matices de nuestros sentidos, podemos entender mejor la manera en que percibimos e interactuamos con lo que nos rodea en cada instante.