🌍 Una fuga química compromete la recuperación prevista de la capa de ozono

Publicado por Adrien,
Fuente: Nature Communications
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El Protocolo de Montreal, firmado en 1987, es a menudo presentado como un modelo de eficacia ambiental. Pero una fisura en este dispositivo compromete hoy la curación de la capa de ozono: una fuga global de productos químicos industriales, sin embargo autorizada por una excepción, resulta ser mucho más masiva de lo anticipado.

Concretamente, esta excepción permite el uso de ciertos productos que agotan el ozono como materias primas para fabricar plásticos, revestimientos antiadherentes u otras sustancias. Los industriales estimaban que solo el 0,5 % de estos productos se escaparían a la atmósfera. Pero mediciones recientes indican que las fugas alcanzan más bien el 3,6 %, e incluso más para algunos compuestos.


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Para medir el impacto de estas fugas, un estudio internacional publicado en Nature Communications cuantificó por primera vez su magnitud. Utilizando los datos de la red de monitoreo AGAGE, los investigadores compararon diferentes escenarios. Si las emisiones actuales persisten, el retorno de la capa de ozono a su estado de 1980 se retrasaría de 2066 a 2073, es decir, un retraso de unos siete años.

Frente a esta constatación, los autores estiman que existen soluciones. Reducir las fugas al 0,5 % o eliminar completamente estas materias primas permitiría ganar años. La industria química ya ha mostrado su capacidad de innovación, como recuerda Susan Solomon, investigadora del MIT. Muchos sustitutos están disponibles, y una toma de conciencia podría ser suficiente para ajustar los procesos.

Por otra parte, los países signatarios del Protocolo de Montreal se reúnen cada año para discutir los problemas emergentes. Las emisiones debidas a las materias primas ya están en el orden del día. Según Stefan Reimann, primer autor del estudio, reducir estas fugas evitaría miles de cánceres de piel. El desafío es, por lo tanto, muy real.

La química de la destrucción del ozono


Los clorofluorocarbonos (CFC) son compuestos estables utilizados en la refrigeración, el aire acondicionado y los aerosoles. Una vez liberados, suben lentamente a la estratosfera, donde los rayos ultravioleta del Sol los descomponen. Esta reacción libera cloro, que entonces destruye las moléculas de ozono de manera catalítica: un átomo de cloro puede destruir miles de moléculas de ozono antes de ser neutralizado.

Esta destrucción crea un "agujero" en la capa de ozono, materializándose sobre todo sobre la Antártida. Sin esta protección, los UV aumentan, provocando cánceres de piel, cataratas y daños a los ecosistemas. El Protocolo de Montreal prohibió la producción de CFC, pero las sustancias de reemplazo, como los HCFC y los HFC, también tienen efectos nocivos, aunque menores.

Las emisiones de materias primas, como el diclorometano, también pueden liberar cloro en la estratosfera. Aunque menos potentes que los CFC, estos compuestos se acumulan y contribuyen a la degradación del ozono. Su control es, por lo tanto, indispensable para una recuperación completa del ozono terrestre.
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