Uno de cada dos padres continúa geolocalizando a su hijo después de los 18 años. La tecnología, antes reservada a los menores, se ha colado ahora en la vida de los jóvenes mayores de edad. Pero esta práctica, aunque tranquiliza, plantea interrogantes sobre los límites de la supervisión parental en una edad en la que se supone que uno debe volverse autónomo. Una encuesta estadounidense reciente señala las tensiones entre seguridad, vida privada y responsabilidad individual.
Realizado por el C.S. Mott Children's Hospital de la Universidad de Míchigan, este sondeo nacional recogió las respuestas de más de 1500 padres de hijos de entre 18 y 25 años. Los resultados muestran que el 52 % de ellos utiliza un teléfono o un dispositivo similar para seguir los desplazamientos de su progenie. Esta proporción aumenta para los jóvenes de 18 a 20 años y afecta más a las chicas que a los chicos. En el 71 % de los casos, el seguimiento es permanente, no solo puntual. Los padres consultan la posición sobre todo por la noche, en zonas desconocidas o durante un trayecto en VTC.
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Los resortes de una vigilancia tranquilizadora... y ansiógena
Para el 68 % de los padres adeptos al seguimiento, la razón principal es la tranquilidad de espíritu. Le siguen la preparación ante una emergencia (64 %) y, de forma más marginal, la verificación de los lugares frecuentados (17 %). Sin embargo, el 23 % de ellos admite que esta práctica alimenta más su ansiedad de lo que la calma. Una constatación paradójica: el hecho de saber no basta para calmar los temores, incluso puede exacerbarlos al dejar que la imaginación llene los espacios en blanco.
La investigadora Sarah Clark, codirectora de la encuesta, destaca que el acceso constante a la localización puede dificultar no verificar, sobre todo en épocas de preocupación. Uno de cada diez padres admite no tener ninguna razón particular para activar el seguimiento, lo que revela una forma de automatismo digital. Este hábito, si no se cuestiona, corre el riesgo de desdibujar la frontera entre vigilancia benevolente y control excesivo.
Los padres que no practican el seguimiento son, por su parte, claramente más críticos: el 65 % lo ve como una intromisión en la vida privada, y el 51 % estima que obstaculiza la adquisición de independencia. Estas cifras muestran una clara división entre dos concepciones de la educación en la era digital. Por un lado, la seguridad percibida como una prioridad absoluta; por el otro, la confianza depositada en el joven adulto para que aprenda por sí mismo.
Zonas grises en el consentimiento y la reciprocidad
Si bien el 96 % de los jóvenes adultos sabe que está siendo seguido, solo el 54 % de los padres afirma haberles ofrecido la opción de rechazo. En otras palabras, en casi uno de cada dos hogares, el seguimiento se impone sin una verdadera discusión. Y cuando el joven no tiene voz ni voto, la práctica puede vivirse como una desconfianza, lo que debilita la relación padre-hijo y limita el aprendizaje de la gestión autónoma de las obligaciones cotidianas.
Otra enseñanza inesperada tiene que ver con la reciprocidad: el 48 % de los padres declara que su hijo sigue su propia localización. En el 90 % de estos casos, el seguimiento es mutuo. Esta simetría ofrece una ocasión poco común de ponerse en el lugar del otro. Sarah Clark sugiere a los padres que utilicen esta experiencia para iniciar un diálogo sobre las expectativas y los límites, transformando así una herramienta de control en un soporte de intercambio y confianza mutua.
Para los expertos, el seguimiento no debe prohibirse, sino regularse. En ciertas situaciones —viaje nocturno, cita con un desconocido— puede servir como red de seguridad. En cambio, una vigilancia constante y no negociada corre el riesgo de inmiscuirse en la vida cotidiana, hasta llevar al padre a entrometerse en decisiones que solo pertenecen al adulto en ciernes. El desafío es, por tanto, definir juntos las circunstancias en las que la geolocalización es útil y aquellas en las que se vuelve superflua.