A casi 2.900 km bajo nuestros pies, seis zonas hasta ahora desconocidas han aparecido en un nuevo mapa de las profundidades terrestres.
A esta profundidad, el manto rocoso de la Tierra se encuentra con su núcleo externo, compuesto de hierro líquido. Esta frontera está fuera del alcance de cualquier perforación. Para saber qué ocurre allí, los investigadores analizan las vibraciones producidas por los terremotos y registradas en la superficie.

Ilustración de la Tierra en corte, que muestra su núcleo interno y externo.
Imagen: Argonne National Laboratory / Flickr / CC 2.0
Algunas vibraciones atraviesan el núcleo antes de llegar a las estaciones de medición. En su recorrido, pueden aparecer señales débiles justo antes de la onda principal. Proceden de vibraciones desviadas por zonas donde las rocas difieren de su entorno. Estas señales discretas proporcionan pistas sobre estructuras profundamente enterradas.
Detectarlas lleva mucho tiempo cuando se hace manualmente. Por ello, Yurui Guan, Juan Li y sus colegas entrenaron un sistema de aprendizaje automático para reconocer estas señales. Analizaron más de 2 millones de registros procedentes de terremotos de magnitud 6 o superior, ocurridos entre 1990 y 2024.
El sistema identificó 174.929, aproximadamente diez veces más que los conjuntos de datos utilizados anteriormente. Esta cantidad cambia el mapa obtenido. Regiones que parecían separadas en estudios previos forman ahora, en algunos sectores, bandas mucho más continuas.
Para comprender qué revelan estas señales, hay que observar justo por encima del núcleo. Los investigadores ya conocen allí zonas donde las ondas sísmicas se ralentizan considerablemente. Su composición y origen siguen siendo objeto de debate. En particular, podrían contener materiales distintos de las rocas vecinas e incluso partes fundidas localmente.
El nuevo análisis vuelve a identificar varias de estas regiones conocidas, lo que permite comparar el método con observaciones independientes. Sobre todo, pone de relieve seis zonas con una alta probabilidad de dispersar las ondas sísmicas. No habían sido documentadas anteriormente.
Estas diferencias profundas pueden conservar la huella de la historia interna de nuestro planeta. Algunas podrían estar relacionadas con antiguos fragmentos de placas tectónicas que descendieron al manto o con rocas parcialmente fundidas. Además, varios mecanismos podrían haber actuado conjuntamente a lo largo del tiempo.
Las seis nuevas zonas proporcionan ahora objetivos precisos para futuros estudios. Los investigadores podrán combinar varios tipos de ondas sísmicas para obtener imágenes más detalladas y comprobar qué se esconde realmente en la frontera entre el manto y el núcleo.