"¿Cómo se llama esto?" La palabra está ahÃ. La sentimos a nuestro alcance, casi accesible, "en la punta de la lengua", pero imposible de pronunciar de inmediato. Entonces damos rodeos, reformulamos, esperamos unos segundos. Luego, a menudo, la palabra vuelve. Este fenómeno, muy común a partir de la mediana edad, generalmente se percibe como una señal inquietante del envejecimiento. Sin embargo, nuestras investigaciones en neurociencias cognitivas cuentan una historia mucho más matizada y, sobre todo, mucho menos pesimista.
Desde hace varios años, nuestros trabajos estudian la manera en que el cerebro envejece y reorganiza sus funciones del lenguaje. Los resultados obtenidos desde 2021 muestran que las dificultades para encontrar las palabras no traducen necesariamente un declive global de la memoria o de la inteligencia. Reflejan sobre todo una transformación progresiva de las estrategias que utiliza el cerebro para acceder al lenguaje.
Para comprender este fenómeno, hay que recordar que hablar es una operación sumamente sofisticada. Cuando producimos una palabra, el cerebro debe primero activar su significado, por ejemplo la idea de un objeto, de una persona o de una acción, luego recuperar su forma sonora antes de preparar su articulación.
En nuestros trabajos recientes sobre el envejecimiento del lenguaje, distinguimos especialmente dos dimensiones esenciales. La primera es la dimensión semántica, es decir, el significado de las palabras, los conocimientos y las asociaciones construidas por la experiencia. La segunda es la dimensión fonológica, que corresponde a los sonidos que permiten pronunciar las palabras. Por ejemplo, cuando usted pronuncia la palabra "gato", primero recupera su representación mental en la memoria, luego transforma esa representación en una serie de sonidos que hacen posible su articulación.
Con la edad, los sistemas relacionados con el significado se mantienen particularmente robustos. En cambio, el acceso a la forma sonora exacta de las palabras se vuelve a veces menos fluido, porque es más vulnerable a los efectos de la edad. En suma, el cerebro sà encuentra la idea de la palabra, pero su recuperación fonológica requiere una movilización mayor de los recursos cognitivos. Esto es precisamente lo que produce la impresión de la "palabra en la punta de la lengua".
A medida que los tratamientos rápidos basados en los sonidos de las palabras se vuelven menos eficaces, el cerebro se apoya más en los conocimientos semánticos, el contexto y la experiencia acumulada. Los mecanismos fonológicos y semánticos no son mutuamente excluyentes y continúan funcionando en interacción. No obstante, las modificaciones cerebrales asociadas al envejecimiento sano parecen aumentar progresivamente la contribución de los sistemas semánticos, que participan entonces en la compensación de las fragilidades fonológicas.
Nuestros trabajos más recientes muestran que estas adaptaciones no conciernen únicamente al lenguaje en sà mismo. Reflejan una reorganización más interactiva del funcionamiento cerebral durante el envejecimiento, que impacta especialmente la memoria y la atención.
El envejecimiento cerebral aparece asà menos como una degradación brutal que como una búsqueda permanente de equilibrio entre eficacia de procesamiento y ahorro de energÃa.
La reserva cognitiva corresponde a la capacidad del cerebro para adaptarse a los cambios y movilizar estrategias alternativas. Está influida por numerosos factores como el nivel de educación, las actividades intelectuales, las interacciones sociales, la actividad fÃsica o el multilingüismo. Cuanto mayor es esta reserva, más parece el cerebro capaz de compensar los efectos del envejecimiento.