El panorama orbital de nuestro planeta está a punto de experimentar una transformación sin precedentes. A través de un procedimiento administrativo poco conocido por el público en general, China acaba de iniciar una solicitud que podría remodelar potencialmente el acceso a la órbita terrestre baja para las próximas décadas. Documentos presentados ante el organismo internacional de regulación revelan la ambición de desplegar hasta 200.000 satélites, una cifra que supera con creces los proyectos actuales más audaces.
Esta iniciativa coloca a la comunidad internacional ante un hecho estratégico consumado de gran envergadura. Ocurre en un ámbito donde las reglas, establecidas por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), favorecen a los primeros en llegar. La presentación de estas solicitudes, mucho más que un simple proyecto técnico, puede constituir una maniobra para apropiarse de recursos orbitales y frecuencias radioeléctricas que, sin embargo, son limitadas. Esta acción se inscribe directamente en la competencia estratégica que enfrenta a las grandes potencias espaciales por el control de la órbita baja.
Una maniobra administrativa con implicaciones concretas
El procedimiento seguido es tan discreto como determinante. El Instituto de Utilización del Espectro Radioeléctrico e Innovación Tecnológica, una entidad china, ha notificado oficialmente a la UIT su intención de desplegar dos megaconstelaciones denominadas CTC-1 y CTC-2. Cada una de ellas está prevista para albergar cerca de 97.000 satélites, distribuidos en varios miles de órbitas distintas. Esta formalidad administrativa es el primer paso obligatorio para asegurar los derechos de uso.
Estas solicitudes chinas no están aisladas. Más de una docena de operadores y empresas del país, incluido el gigante de las telecomunicaciones China Mobile, han presentado simultáneamente sus propios proyectos a la UIT. El número total de satélites mencionado en el conjunto de estos expedientes se acerca al umbral simbólico de las 200.000 unidades. Esta coordinación parece suponer una estrategia nacional concertada.
La cuestión inmediata no es el lanzamiento físico de los satélites, sino la seguridad prioritaria de los "huecos" orbitales y de las bandas de frecuencias. Los reglamentos de la UIT otorgan, efectivamente, derechos a los primeros solicitantes, obligando a los recién llegados a demostrar que sus sistemas no interferirán con los predecesores. Al presentar solicitudes masivamente, China bloquea así porciones enteras del espacio orbital para un uso futuro, complicando considerablemente los proyectos de los competidores.
Una brecha entre la ambición estratégica y las capacidades industriales
La realización efectiva de un proyecto de tal envergadura parece hoy una prueba industrial fuera de lo común. Los observadores del sector, incluso en China, expresan un escepticismo palpable. El director general del fabricante de satélites Spacety, Yang Feng, ha declarado así que estar a la cabeza en las presentaciones de solicitudes no prejuzga la capacidad para llevar a cabo los lanzamientos. En efecto, la transformación de estos planes en constelaciones operativas se encuentra con obstáculos mayores.
La capacidad de producción y lanzamiento del país, aunque en rápido crecimiento, está aún muy lejos de los volúmenes requeridos. La industria espacial china es capaz de producir unos cientos de satélites al año y ha logrado un récord de 92 lanzamientos en 2025. Para alcanzar el objetivo teórico de 200.000 satélites en 7 años –plazo reglamentario de la UIT–, habría que multiplicar considerablemente este ritmo, un escenario poco realista a corto y medio plazo. Esta desproporción entre la ambición declarada y los medios concretos alimenta el análisis según el cual el objetivo principal es de orden estratégico y no operativo.