Los restos óseos de bisontes que se remontan hasta hace unos 20 000 años muestran hasta qué punto su historia transformó su patrimonio genético. Al comparar estos animales antiguos con los rebaños actuales, los científicos disponen ahora de una referencia anterior a su casi desaparición en América del Norte.
El equipo secuenció el genoma de 115 bisontes antiguos y de 45 bisontes modernos procedentes de distintas regiones del continente. El genoma reúne toda la información genética de un animal. Esta comparación permite seguir los vínculos entre poblaciones durante un periodo de tiempo inaccesible si solo se estudian animales vivos.

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El contraste es claro. En el pasado, las poblaciones de bisontes intercambiaban ampliamente sus genes a grandes distancias. Los rebaños modernos aparecen mucho más separados entre sí, como consecuencia del desplome de sus efectivos y de la posterior formación de poblaciones aisladas.
Esta ruptura es reciente a escala de la especie. Los bisontes americanos fueron empujados al borde de la extinción a finales del siglo XIX, después de haber sido extremadamente numerosos. Posteriormente, los animales supervivientes sirvieron de base para la recuperación de los rebaños actuales, mediante desplazamientos organizados por los seres humanos.
El ADN conserva el rastro de estas intervenciones. Los bisontes de bosque modernos estudiados presentan, en particular, ascendencia procedente del bisonte de llanura. Los investigadores la relacionan con traslados de animales realizados en la década de 1920, cuando bisontes de llanura fueron desplazados a regiones ocupadas por bisontes de bosque.
Otro resultado se refiere a los cruces con ganado bovino doméstico. En el pasado se produjeron apareamientos, y su herencia genética alimenta desde hace mucho tiempo los debates sobre conservación. Sin embargo, el análisis muestra que muchos bisontes no poseen la ascendencia bovina que a veces se considera ampliamente extendida.
En la práctica, dos rebaños modernos pueden parecer pertenecer a la misma especie y, aun así, contar historias genéticas diferentes. Algunos llevan la huella de desplazamientos recientes; otros han conservado más características presentes antes del desplome demográfico. El ADN antiguo proporciona el punto de comparación necesario para distinguir estas situaciones.
Esta información puede ayudar a decidir cómo gestionar las poblaciones sin reducir aún más su diversidad. Un rebaño aislado conserva solo una parte de la diversidad de la especie. Por el contrario, trasladar animales entre grupos puede modificar los linajes locales. Los datos genéticos permiten medir estos efectos antes de decidir posibles intercambios.
El conjunto de genomas constituye así una referencia para los futuros programas de restauración. Las próximas decisiones podrán comparar los rebaños actuales no solo entre sí, sino también con bisontes que vivieron miles de años antes de las grandes transformaciones humanas. Esta profundidad histórica permite evaluar ahora con mayor precisión qué se perdió, qué se conservó y qué se mezcló.