Unos investigadores compararon tres dietas en 55 adultos con obesidad. Todos también tenían prediabetes y una acumulación excesiva de grasa en el hígado. Durante unos cinco meses, cada participante recibió todas sus comidas, lo que permitía controlar con precisión su alimentación.
Un grupo siguió una dieta cetogénica, muy baja en carbohidratos y rica en grasas. Otro comió según una dieta mediterránea. El tercero siguió una alimentación principalmente vegetal, rica en carbohidratos y muy baja en grasas. En los tres grupos, la pérdida de peso alcanzó aproximadamente el 10 % del peso inicial.

Salmón, carne, huevos, verduras y aguacate.
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Esta pérdida de peso ya produjo un efecto común importante. Los músculos respondían aproximadamente un 50 % mejor a la insulina, la hormona que ayuda, entre otras cosas, a que la glucosa entre en las células. En este aspecto, la composición de las comidas no marcó una diferencia notable.
El hígado reaccionó de otra manera. Entre los participantes que siguieron la dieta cetogénica, su sensibilidad a la insulina mejoró entre dos y tres veces más. La cantidad de grasa almacenada en este órgano disminuyó un 67 %, frente a aproximadamente un 45 % con cada una de las otras dos dietas.
Para entender la importancia de esta diferencia, el hígado desempeña un papel fundamental en la regulación del azúcar en sangre. Cuando responde mal a la insulina, puede seguir liberando demasiada glucosa en la sangre. La acumulación de grasa en este órgano acompaña con frecuencia a esta alteración en las personas con obesidad.
Las mediciones realizadas durante 24 horas apuntan en la misma dirección. La glucemia media disminuyó un 20 % con la dieta cetogénica, frente a aproximadamente un 8 % con las otras dos. Las concentraciones de insulina también disminuyeron más. Después de la intervención, la mitad de los participantes de este grupo ya no cumplía los criterios de prediabetes, frente al 29 % con la dieta mediterránea y al 7 % con la dieta vegetal baja en grasas.
Se podría pensar que una alimentación rica en grasas aumenta necesariamente las grasas que circulan en la sangre. Sin embargo, los investigadores no observaron diferencias entre los grupos en el colesterol LDL, la apolipoproteína B ni los triglicéridos medidos durante 24 horas. No obstante, estos resultados corresponden a un estudio pequeño, muy controlado y realizado con una población específica.
Queda por entender por qué la fuerte reducción de los carbohidratos produce estos efectos adicionales en el hígado. Ahora los investigadores quieren estudiar los mecanismos responsables de los beneficios metabólicos de la pérdida de peso, especialmente cuando esta se logra con medicamentos que actúan sobre el GLP-1.