Un meteorito caído en la Antártida ha conservado una huella de hace más de 4.500 millones de años, que se remonta a los primeros instantes del Sistema Solar.
En aquella época, el Sol y los planetas aún no tenían su forma actual. Nuestro vecindario estaba formado por una nube de gas y polvo que se fue aplanando progresivamente hasta convertirse en un disco. La materia de este disco alimentó después al joven Sol y proporcionó los materiales a partir de los cuales se formaron los planetas.

Representación artística de una estrella joven rodeada por su disco protoplanetario interno y materiales rocosos.
Crédito: NASA, ESA, CSA, Joseph Olmsted (STScI)
Los investigadores estudiaron DOM 08006, un meteorito descubierto en 2008 en la cordillera Dominion, en la Antártida. Está especialmente poco alterado desde su formación. En diminutos fragmentos, el equipo aisló granos que aparecieron durante los primeros 200.000 años del Sistema Solar. Estos granos ricos en calcio y aluminio se cuentan entre los materiales más antiguos conocidos de nuestro vecindario cósmico.
Algunos de estos granos contienen minerales con hierro. Durante su formación, estos diminutos elementos pudieron registrar el campo magnético presente a su alrededor. Por tanto, su magnetización residual actúa como una memoria física, aún medible después de varios miles de millones de años.
Las mediciones indican un campo de entre aproximadamente 150 y 600 microteslas. Para hacerse una idea, esto equivale a entre tres y doce veces el campo magnético terrestre actual. Esta huella se remonta a un periodo muy anterior a las mediciones previas obtenidas en meteoritos, que correspondían a un Sistema Solar con unos dos millones de años de antigüedad.
Para comprender su importancia, hay que observar cómo la materia caía hacia el joven Sol. La gravedad atraía naturalmente el gas y el polvo hacia el centro. Pero la materia cargada eléctricamente también podía interactuar con un campo magnético. Estas interacciones facilitan el desplazamiento del gas en el disco y pueden contribuir así a alimentar a la estrella naciente.
En otras palabras, la gravedad no habría actuado sola. La intensidad registrada en los granos es compatible con modelos en los que el magnetismo desempeña un papel importante en el transporte de materia hacia el Sol.
Este descubrimiento retrasa mucho en el pasado la evidencia material de un campo magnético en nuestro Sistema Solar. Los investigadores cuentan ahora con una medición directa para poner a prueba los modelos que describen la transición de la nube inicial al disco que rodeaba al joven Sol.
Otros meteoritos primitivos podrían conservar registros comparables. Su análisis permitiría determinar cómo variaba la intensidad del campo según la distancia al Sol y a lo largo del tiempo, con el fin de reconstruir mejor los primeros cientos de miles de años de nuestro sistema planetario.