El dodo tal vez no era el gran ave torpe descrita durante siglos.
El examen digital de cráneos indica que disponía de un olfato desarrollado y de un pico sensible, dos aptitudes útiles para buscar su alimento en el suelo.
El animal vivía únicamente en la isla Mauricio antes de su desaparición en el siglo XVII. Los restos bien conservados son escasos, en especial los cráneos completos. Esta escasez limita enormemente el conocimiento de sus sentidos, de su comportamiento y de sus hábitos cotidianos.

Para obtener nueva información sin dañar los raros especímenes, los científicos utilizaron la tomografía computarizada. Esta técnica produce imágenes internas mediante rayos X. Los datos sirven luego para reconstruir en tres dimensiones las cavidades del cráneo y la forma dejada por el cerebro.
Esta huella interna, llamada endocasto, no reproduce cada detalle del cerebro. Sin embargo, informa sobre el tamaño relativo de ciertas regiones, sobre los nervios y sobre los conductos relacionados con los órganos sensoriales. Los resultados se compararon con los del solitario de Rodrigues y de varias aves emparentadas.
Los bulbos olfativos del dodo aparecen relativamente desarrollados. Estas estructuras cerebrales procesan los olores. Su forma concuerda con un animal capaz de utilizar su olfato en mayor medida que muchas aves actuales, quizá para localizar frutas, semillas u otros alimentos en la vegetación.
Su pico aporta otra pista. Los canales destinados a los nervios parecen compatibles con una marcada sensibilidad táctil. En concreto, el dodo probablemente podía recoger información al tocar el suelo u objetos con su pico, como hacen algunas especies que buscan alimento poco visible.
La anatomía del ojo y de las regiones asociadas permite también contemplar una actividad al amanecer o al anochecer. Esta interpretación sigue siendo prudente: un cráneo no aporta ni un horario preciso ni una observación directa del comportamiento. Solo proporciona indicios anatómicos compatibles con ciertos modos de vida.
Estos resultados corrigen sobre todo la imagen de un animal con capacidades reducidas. Muestran un ave adaptada a su isla, dotada de medios sensoriales acordes con una vida terrestre. Los investigadores podrán en adelante comparar estas reconstrucciones con más aves insulares para separar mejor los rasgos heredados de las adaptaciones propias del dodo.