En el lago Malaui, miles de millones de larvas de insectos descienden cada día a más de 200 metros de profundidad. Esta migración parece incompatible con su sistema respiratorio lleno de aire. Un estudio demuestra, sin embargo, que sus reservas internas resisten presiones aún mayores, gracias a una estructura biológica adaptada.
Las larvas pertenecen a la especie Chaoborus edulis, una mosca acuática presente en este gran lago de África oriental. Durante el día, llegan a una capa profunda casi sin oxígeno. Pocos peces pueden permanecer allí durante mucho tiempo. Por la noche, suben a la superficie para alimentarse.

El lago Malaui, también conocido como lago Nyasa en Tanzania y Lago Niassa en Mozambique, es un gran lago africano y el lago más meridional del sistema de rift de África Oriental, situado entre Malaui, Mozambique y Tanzania.
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Los investigadores siguieron estos desplazamientos con un sonar instalado en el fondo del lago. Observaron migraciones verticales masivas y regulares. Las larvas atraviesan, sin embargo, una zona ocupada por peces depredadores. Su inmersión profunda constituye, por tanto, un refugio temporal, a pesar de las limitaciones físicas impuestas por el agua.
En los insectos, el sistema respiratorio se basa en conductos llenos de aire llamados tráqueas. En estas larvas, parte de esta red forma dos pares de pequeños sacos. Estos funcionan como los lastres de un submarino. Su volumen determina si el animal asciende, desciende o permanece a una profundidad determinada.
La pared de estos sacos contiene, entre otras cosas, resilina, una proteína muy elástica a menudo comparada con un caucho biológico. Las larvas modifican localmente la acidez, es decir, el pH, de esta pared. Esta se dilata o se contrae, lo que ajusta el volumen de aire y la flotabilidad sin producir nuevo gas.
Ensayos en cámara de presión midieron la resistencia real de los sacos. Las larvas más desarrolladas soportaban una presión correspondiente a más de 500 metros de profundidad. Disponían, por tanto, de un margen importante en comparación con sus inmersiones habituales, generalmente limitadas a 200 metros.
Los investigadores quieren ahora comprender cómo la pared conserva su resistencia a lo largo de los ciclos diarios. La resilina también interesa a la biomimética, que se inspira en lo vivo para crear materiales. Un dispositivo artificial sensible al pH podría, por ejemplo, modificar su forma o su flotabilidad sin dispositivo mecánico.