🐕 En los perros, lo que la cría y el aprendizaje cambian en su cerebro

El cerebro de los perros conserva huellas diferentes de su historia genética y de lo que han aprendido en contacto con los seres humanos.

Un equipo de investigadores estudió las imágenes cerebrales de 108 perros. Su objetivo era distinguir dos influencias que a menudo resultan difíciles de separar: la selección ejercida mediante la cría y el aprendizaje adquirido a lo largo de la vida. Los investigadores se interesaron por las redes cerebrales asociadas con la comunicación, especialmente por aquellas que se activan cuando el perro procesa información procedente de los seres humanos.

Imagen de Pixabay

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Para comprender la importancia de este asunto, hay que distinguir entre la raza y la experiencia de un individuo. Durante generaciones, los seres humanos han seleccionado determinados perros por sus aptitudes y luego los han reproducido. Esta selección puede favorecer características relacionadas con el comportamiento. En cambio, el adiestramiento actúa a lo largo de la vida del perro, cuando aprende a responder a gestos, sonidos o situaciones.

Por tanto, estos dos mecanismos pueden conducir a comportamientos similares sin producir exactamente los mismos cambios cerebrales. El estudio, publicado en The Journal of Neuroscience, indica que están asociados con organizaciones diferentes de las redes de comunicación. Así, la herencia y el aprendizaje no serían dos formas intercambiables de producir los mismos efectos en el cerebro.

Los investigadores se basaron en imágenes cerebrales para examinar cómo funcionan conjuntamente distintas regiones. Aquí, una red cerebral designa varias zonas cuya actividad está relacionada. Por tanto, no se trata de un único «centro» de la comunicación. El cerebro procesa la información mediante la cooperación de varias regiones, y esta organización puede variar de un perro a otro.

Este resultado ayuda a comprender por qué las aptitudes sociales de un perro no dependen únicamente de su raza. Una predisposición derivada de la selección puede ser importante, pero la experiencia adquirida también cuenta. Los datos muestran sobre todo que estas dos influencias pueden identificarse por separado en la organización cerebral, lo que permite estudiar mejor su contribución respectiva.

Sin embargo, hay que evitar deducir de ello que una imagen del cerebro permitiría predecir con precisión el comportamiento de un animal. Las asociaciones observadas a escala de un grupo no determinan por sí solas las capacidades de cada perro. La edad, el entorno cotidiano, las interacciones sociales y la historia individual también pueden contribuir a las diferencias observadas.

Este enfoque abre ahora la posibilidad de comparar con mayor precisión los efectos de la selección y del aprendizaje. En particular, podría ayudar a los investigadores a determinar qué características cerebrales son relativamente estables y cuáles evolucionan más con la experiencia, sin reducir las aptitudes de un perro a su pertenencia a una raza.