Robots capaces de saltar, nadar, caminar o agarrar objetos ahora pueden ponerse en movimiento mediante verdaderos músculos cultivados en laboratorio.
Estas máquinas se denominan robots biohíbridos porque combinan elementos fabricados con tejidos vivos. Aquí, el músculo desempeña el papel de motor. Cuando se contrae, tira de un soporte flexible y provoca un movimiento. El concepto no es nuevo, pero lograr desplazamientos amplios con una pequeña cantidad de músculo seguía siendo difícil.

Imagen ilustrativa de Pixabay
Unos investigadores de ETH Zúrich han cambiado la manera de diseñar estos sistemas. En lugar de trabajar por separado en el músculo y luego en su soporte, estudiaron ambos elementos conjuntamente. Las simulaciones informáticas permitieron probar numerosas formas antes de fabricarlas, con el fin de identificar aquellas que transformaban mejor la contracción muscular en movimiento.
En concreto, los investigadores combinaron músculo esquelético cultivado con soportes de hidrogel. Este material, muy rico en agua, es lo bastante flexible para acompañar la contracción. Unas diminutas ranuras también guían la organización del tejido muscular. El contacto continuo entre ambas partes ayuda después a transmitir al resto del dispositivo la fuerza producida por las células.
La ganancia obtenida es importante: los nuevos dispositivos alcanzan una amplitud de movimiento de hasta once veces la de modelos anteriores que utilizaban un volumen de músculo comparable. Esta mejora se basa en la forma del sistema y en la manera en que el músculo y su soporte trabajan conjuntamente.

Figura del estudio que presenta movimientos producidos por bioactuadores musculares integrados en dispositivos robóticos flexibles.
Fuente: Balciunaite et al., Nature Communications, 2026 — CC BY 4.0
Los investigadores integraron después estos motores biológicos en varias máquinas pequeñas. Algunos prototipos saltan; otros nadan al contraerse varias veces por segundo. Otra configuración permite caminar e incluso rodear un obstáculo. Un dispositivo con forma de pinza también puede cerrarse para agarrar un objeto.
Para comprender el interés de este enfoque, hay que observar qué diferencia a un músculo de un motor clásico. Un tejido vivo puede organizarse y adaptarse durante su crecimiento. También posee una capacidad de reparación de la que carece una pieza mecánica ordinaria. A cambio, debe mantenerse vivo y su comportamiento depende de condiciones biológicas difíciles de reproducir fuera del laboratorio.
El método también permite ensamblar varias unidades musculares. Así, los investigadores obtuvieron estructuras formadas por varios elementos móviles, una vía para construir máquinas biohíbridas más grandes o dotadas de movimientos más elaborados. Los próximos trabajos deberán determinar, en particular, hasta qué punto puede ampliarse esta arquitectura sin perder contracciones rápidas y bien controladas.