Los episodios de calor extremo ya no solo son más frecuentes: en muchas regiones también abarcan nuevos meses del año.
Para medir este cambio, unos investigadores analizaron 45 años de datos climáticos mundiales, de 1980 a 2024. Primero definieron, para cada región, una estación de referencia correspondiente a los tres meses en los que las temperaturas altas eran más frecuentes entre 1980 y 1989. Este método evita considerar automáticamente junio, julio y agosto como el periodo cálido en todas partes del planeta.

Intensidad de la ola de calor observada en Europa occidental el 28 de mayo de 2026, con los valores más elevados en rojo oscuro.
Crédito: Unión Europea, Copernicus Emergency Management Service. Contiene datos de Copernicus modificados (2026).
A continuación, los investigadores observaron cuándo se producían los días que superaban el umbral del 5 % de los días más cálidos de ese periodo de referencia. Diferenciaron el calor seco del calor húmedo. Este último tiene en cuenta, entre otros factores, la humedad del aire, que reduce la eficacia de la transpiración para enfriar el cuerpo.
El resultado es claro. Entre la década de 1980 y el periodo reciente, la estación del calor seco extremo se ha extendido en el 50 % de las tierras estudiadas. En el caso del calor húmedo intenso, esta proporción alcanza el 48 %. Sin embargo, la prolongación no se produce de la misma manera en todas partes.
En Europa occidental, África austral y el noroeste de la India, los episodios extremos aumentan más antes de la estación cálida habitual. En el oeste de Estados Unidos, el este de China, el norte de África y el este de Europa, se vuelven sobre todo más frecuentes después de ese periodo. Por tanto, la estación peligrosa puede comenzar antes o terminar más tarde según la región.
Podría pensarse que este desplazamiento se debe simplemente al aumento general de las temperaturas. Si todos los días se vuelven más cálidos, los meses cercanos al verano deberían superar lógicamente con mayor frecuencia los antiguos récords. Los investigadores pusieron a prueba esta explicación aplicando el calentamiento medio observado a la distribución histórica de las temperaturas.
Por lo general, esto no basta para reproducir los cambios medidos. El aumento de la temperatura media contribuye al fenómeno, pero la distribución del calor intenso a lo largo del año también evoluciona.
Estos episodios fuera de temporada plantean un problema muy concreto. En primavera, la población puede estar menos acostumbrada al calor y los dispositivos de refrigeración no siempre están preparados. En otoño, un periodo cálido prolongado puede sumarse a las altas temperaturas ya sufridas durante el verano. También puede coincidir con otros riesgos estacionales, especialmente los incendios.
Por ello, los autores consideran que los sistemas de alerta deberían tener en cuenta estos nuevos calendarios, en lugar de funcionar según una estación cálida fija. Un próximo paso será estudiar con mayor precisión las situaciones en las que estos calores inusuales se superponen con periodos de incendios forestales o ciclones.