🐕 Los perros segmentan nuestro habla como lo hacemos nosotros mismos

El cerebro de un perro no se limita a oír nuestra voz: detecta en el habla un indicio observado hasta ahora únicamente en los seres humanos.

Cuando hablamos, no dejamos un silencio claro entre cada palabra. Por eso, el cerebro debe detectar regularidades en un flujo continuo de sonidos. En los seres humanos, las consonantes desempeñan un papel particular: a menudo contienen más información para distinguir las palabras que las vocales, aunque estas sean más sonoras.

Un perro de compañía lleva electrodos de EEG durante un experimento de escucha de palabras y pseudopalabras.

Un perro de compañía lleva electrodos de EEG durante un experimento de escucha de palabras y pseudopalabras.
Crédito: Universidad Eötvös Loránd

Investigadores de la Universidad ELTE de Budapest quisieron saber si este sesgo depende de capacidades lingüísticas propias de nuestra especie. Compararon las respuestas cerebrales de 20 adultos y 20 perros de compañía. Todos escucharon secuencias continuas de sonidos, sin pausas que indicaran dónde comenzaba o terminaba una unidad.

En algunos flujos, ciertas secuencias de consonantes se repetían con regularidad y formaban la estructura de unidades de tres sílabas. En otros, ese papel correspondía a las vocales. Un tercer flujo mezclaba las sílabas sin una estructura repetitiva. No era necesario conocer ninguna palabra: solo importaba la repetición de determinados patrones sonoros.

Durante la escucha, unos electrodos colocados sobre el cuero cabelludo registraban la actividad eléctrica del cerebro. Esta técnica, llamada electroencefalografía o EEG, permite observar cómo la actividad cerebral se ajusta a los ritmos percibidos. Cuanto más regularmente se detecta un patrón, más puede aparecer su ritmo en las señales registradas.

Tanto en los perros como en los seres humanos, el cerebro seguía mejor el ritmo de las unidades cuando su estructura se basaba en las consonantes. Unos 400 milisegundos después del inicio de esas unidades aparecía una respuesta particular. Esta no se observaba de la misma manera con los patrones basados en las vocales.

El experimento mide aquí la capacidad de detectar una estructura repetitiva en el habla, no de atribuirle un significado. La diferencia sigue siendo clara: los seres humanos también detectaban las unidades organizadas por las vocales, a diferencia de los perros.

Otro dato notable es que algunos perros habían pasado sus tres primeros meses en la calle o en un refugio, sin un entorno familiar rico en habla. Su preferencia por las consonantes seguía siendo comparable. Los investigadores consideran que esto indica que dicha sensibilidad puede aparecer sin depender de una exposición muy temprana.

El equipo aún debe determinar con mayor precisión si esta preferencia se debe principalmente a la exposición al habla, a la domesticación o a una capacidad auditiva más antigua.